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El mismo día en que Ketty había ido a buscar a D'Artagnan a su casa era día de reunión.
Ápenas hubo salido Ketty, D'Artagnan se dirigió hacia la calle Férou.
Encontró a Athos y Aramis que filosofaban. Aramis tenía ciertas ve leidades de volver a ponerse la sotana. Athos, según su costumbre, ni lo disuadía ni lo alentaba. Athos era de la opinión de dejar a cada cual a su libre albedrío. Nunca daba consejos a no ser que se los pidieran. E incluso había que pedírselos dos veces.
-En general, no se piden consejos -decía- más que para no seguirlos; o, si se siguen, es para tener a alguien a quien se puede reprochar el haberlos dado.
Porthos llegó un momento después de D'Artagnan. Los cuatro amigos estaban, pues, reunidos.
Los cuatro rostros expresaban cuatro sentimientos distintos: el de Porthos tranquilidad; el de D'Artagnan, esperanza; el de Aramis, inquietud; el de Athos, despreocupación.
Al cabo de un instante de conversación en la cual Porthos dejó entrever que una persona situada muy arriba había tenido a bien encargarse de sacarle del apuro, entró Mosquetón.
Venía a rogar a Porthos que pasase a su alojamiento, donde su presencia era urgente, según decía con aire muy lastimoso.
-¿Es mi equipo? -preguntó Porthos.
-Sí y no -respondió Mosquetón.
-Pero ¿qué es lo que quieres decir?...
-Venid, señor.
Porthos se levantó, saludó a sus amigos y siguió a Mosquetón.
Un instante después, Bazin apareció en el umbral de la puerta.
-¿Para qué me queréis, amigo mío? -dijo Aramis con aquella dulzura de