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aquel billete.
-Escucha, querida niña -le dijo D'Artagnan-, comprendes que esto debe terminar de una forma o de otra; Milady puede descubrir que le has entregado el primer billete a mi criado en lugar de entregárselo al criado del conde; que soy yo quien ha abierto los otros que tenían que haber sido abiertos por el señor de Wardes; entonces Milady te echa y ya la conoces, no es una mujer como para quedarse en esa venganza.
-¡Ay! -dijo Ketty-. ¿Por quién me he expuesto a todo esto?-Por mí, lo sabes bien hermosa mía -dijo el joven-, y por esto te estoy muy agradecido, te lo juro. -Pero ¿qué contiene vuestro billete? -Milady te lo dirá. -¡Ay, vos no me amáis -exclamó Ketty-, y soy muy desgraciada! Este reproche tuvo una respuesta con la que siempre se engañan las mujeres: D'Artagnan respondió de forma que Ketty permaneciese en el error más grande.
Sin embargo, ella lloró mucho antes de decidirse a entregar aquella carta a Milady; por fin se decidió, que es todo lo que D'Artagnan quería.
Además le prometió que aquella noche saldría temprano de casa de su ama y que al salir del salón del ama iría a su cuarto.
Esta promesa acabó por consolar a la póbre Ketty.
CAPÍTULO XXXIV DONDE SE TRATA DEL EQUIPO DE ARAMIS Y DE PORTHOS
Desde que los cuatro amigos estaban a la caza cada cual de su equipo, no había entre ellos reunión fija. Cenaban unos sin otros, donde cada uno se encontraba, o mejor, donde se podía. El servicio, por su lado, les llevaba también una buena parte de su precioso tiempo, que transcurría tan deprisa. Habían convenido solamente en encontrarse una vez por semana, hacia la una en el alojamiento de Athos, dado que este último, según el juramento que había hecho, no pasaba del umbral de su puerta.