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caballo y el mulo que tendrían el honor de llevar a la gloria a Porthos y a Mosquetón.   
   Fijadas estas condiciones, y estipulados los intereses así como la fecha de rembolso, Porthos se despidió de   la señora Coquenard. Esta quería retenerlo poniéndole ojos de cordera; pero Porthos pretextó las exigencias   del servicio, y fue necesario que la procuradora cediese el puesto al rey.   
   El mosquetero volvió a su casa con un hambre de muy mal humor.   

   CAPÍTULO XXXIII   DONCELLA Y SEÑORA   

   Entre tanto, como hemos dicho, pese a los gritos de su conciencia y a los sabios consejos de Athos,   D'Artagnan se enamoraba más de hora en hora de Milady; por eso no dejaba de ir ningún día a hecerle una   corte a la que el aventurero gascón estaba convencido de que tarde o temprano no podía dejar ella de   corresponderle.   
   Una noche que llegaba orgulloso, ligero como hombre que espera una lluvia de oro, encontró a la doncella en   la puerta cochera; pero esta vez la linda Ketty no se contentó con sonreírle al pasar: le cogió dulcemente la   mano.   
   -¡Bueno! -se dijo D'Artagnan-. Estará encargada de algún mensaje para mí de parte de su señora; va a   darme alguna cita que no habrá osado darme ella de viva voz.   
   Y miró a la hermosa niña con el aire más victorioso que pudo adoptar.   
   -Quisiera deciros dos palabras, señor caballero... -balbuceó la doncella.   
   -Habla, hija mía, habla -dijo D'Artagnan-, te escucho.   
   -Aquí, imposible: lo que tengo que deciros es demasiado largo y sobre todo demasiado secreto.   
   -¡Bueno! Entonces, ¿qué se puede hacer?   -Si el señor caballero quisiera

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