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   En el curso de esta conversación, Milady se pellizcó dos o tres veces los labios: tenía que vérselas con un   gascón que jugaba fuerte.   
   A la misma hora que la víspera D'Artagnan se retiró. En el corredor volvió a encontrar a la linda Ketty, tal era   el nombre de la doncella, Esta lo miró con una expresión de misteriosa benevolencia en la que no podía   equivocarse. Pero D'Artagnan estaba tan preocupado por el ama que no se fijaba más que en lo que venía de   ella.   
   D'Artagnan volvió a la casa de Milady al día siguiente, y al siguiente, y cada vez Milady le brindó una acogida   más graciosa.   
   Cada vez también, bien en la antecámara, bien en el corredor, bien en la escalinata, volvía a encontrar a la   linda doncella.   
   Pero como ya hemos dicho, D'Artagnan no prestaba ninguna atención a esta persistencia de la pobre Ketty.   

   CAPÍTULO XXXII   UNA CENA DE PROCURADOR   

   Mientras tanto, el duelo en el que Porthos había jugado un papel tan brillante no le había hecho olvidar la   cena a la que le había invitado la mujer del procurador. Al día siguiente, hacia la una, se hizo dar la última   cepillada por Mosquetón, y se encaminó hacia la calle Aux Ours, con el paso de un hombre que tiene dos veces   suerte.   
   Su corazón palpitaba, pero no era, como el de D'Artagnan, por un amor joven a impaciente. No, un interés   más material le latigaba la sangre, iba por fin a franquear aquel umbral misterioso, a subir aquella escalinata   desconocida que habían construido, uno a uno, los viejos escudos de maese Coquenard.   
   Iba a ver, en realidad, cierto arcón cuya imagen había visto veinte veces en sus sueños; arcón de forma   alargada y profunda, lleno de cadenas y cerrojos, empotrado en el suelo; arcón del que con tanta frecuencia había oído hablar, y que las manos algo secas, cierto, pero no sin

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