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Y espoleando a su caballo, lo puso al galope y tomó el camino de Paris.
Como solía hacer en semejantes ocasiones, D'Artagnan bajó derecho a casa de Athos.
Encontró a Athos acostado sobre un gran canapé en el que, como había dicho, esperaba que su equipo viniese a encontrarlo.
Contó a Athos todo lo que acababa de pasar, menos la carta del señor de Wardes.
Athos quedó encantado cuando supo que iba a batirse contra un inglés. Ya hemos dicho que era su sueño.
Enviaron a buscar al instante a Porthos y a Aramis por los lacayos, y se los puso al corriente de la situación.
Porthos sacó su espada fuera de la funda y se puso a espadonear contra el muro retrocediendo de vez en cuando y haciendo flexiones como un bailarín. Aramis, que seguía trabajando en su poema se encerró en el gabinete de Athos y pidió que no lo molestaran hasta el momento de desenvainar.
Athos pidió por señas a Grimaud una botella.
En cuanto a D'Artagnan, preparó para sus adentros un pequeño plan cuya ejecución veremos más tarde, y que le prometía alguna aventura graciosa, como podía verse por las sonrisas que de vez en cuando cruzaban su rostro cuya ensoñación iluminaban.
CAPÍTULO XXXI INGLESES Y FRANCESES
Llegada la hora, se dirigieron con los cuatro lacayos hacia el Luxemburgo, a un recinto abandonado a las cabras. Athos dio una moneda al cabrero para que se alejase. Los lacayos fueron encargados de hacer de centinelas.
Inmediatamente una tropa silenciosa se aproximó al mismo recinto, penetró en él y se unió a los mosqueteros; luego tuvieron lugar las