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   -¡Qué joven es este D'Artagnan! -dijo Athos, encogiéndose de hombros.   
   E hizo señas a Grimaud para que trajera una segunda botella.   
   En aquel momento Planchet pasó humildemente la cabeza por la puerta entreabierta y anunció a su señor   que los dos caballos estaban allí.   
   -¿Qué caballos? -preguntó Athos.   
   -Dos que el señor de Tréville me presta para el paseo y con los que voy a dar una vuelta por Saint-Germain.   
   -¿Y qué vais a hacer a Saint-Germain? -preguntó aún Athos.   
   Entonces D'Artagnan le contó el encuentro que había tenido en la iglesia, y cómo había vuelto a encontrar a   aquella mujer que, con el señor de la capa negra y la cicatriz junto a la sien, era su eterna preocupación.   
   -Es decir, que estáis enamorado de ella, como lo estáis de la señora Bonacieux -dijo Athos encogiéndose   desdeñosamente de hombros como si se compadeciese de la debilidad humana.   
   -¿Yo? ¡Nada de eso! -exclamó D'Artagnan-. Sólo tengo curiosidad por aclarar el misterio con el que está   relacionada. No sé por qué, pero me imagino que esa mujer, por más desconocida que me sea y por más desconocido que yo sea para ella, tiene una influencia en mi vida.   
   -De hecho, tenéis razón -dijo Athos-. No conozco una mujer que merezca la pena que se la busque cuando   está perdida. La señora Bonacieux está perdida, ¡tanto peor para ella! ¡Que ella misma se encuentre!   -No, Athos, no, os engañáis -dijo D'Artagnan-; amo a mi pobre Costance más que nunca, y si supiese el lugar   en que está, aunque fuera en el fin del rrìundo, partiría para sacarla de las manos de sus verdugos; pero lo   ignoro, todas mis búsquedas han sido inútiles. ¿Qué queréis? Hay que distraerse.   
   -Distraeos, pues, con Milady, mi querido D'Artagnan; lo deseo de todo corazón, si es que eso puede   divertiros.   

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