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necesito dos mil.   
   -Cuatro or dos son ocho -dijo entonces Aramis-; por tanto, son ocho mil liras las que necesitamos para   nuestros equipos, equipos de los que, es cierto, tenemos ya las sillas.   
   -Además -dijo Athos, esperando a que D'Artagnan, que iba a dar las gracias al señor de Tréville, hubiese   cerrado la puerta-; además de ese hermoso diamante que brilla en el dedo de nuestro amigo. ¡Qué diablo! D'Artagnan es demasiado buen camarada para dejar a sus hermanos en el apuro cuando lleva en su dedo   corazon el rescate de un rey.   

   CAPÍTULO XXIX   LA CAZA DEL EQUIPO   

   El más preocupado de los cuatro amigos era, por supuesto, D'Artagnan, aunque D'Artagnan, en su calidad de   guardia, fuera más fácil de equipar que los señores mosqueteros, que eran señores; pero nuestro cadete de Gascuña era, como se habrá podido ver, de un carácter previsor y casi avaro, aunque también fantasioso hasta   el punto (explicad los contrarios) de poderse comparar con Porthos. A aquella preocupación de su vanidad D'Artagnan unía en aquel momento una inquietud menos egoísta. Pese a algunas informaciones que había   podido recibir sobre la señora Bonacieux, no le había llegado ninguna noticia. El señor de Tréville había hablado de ello a la reina: la reina ignoraba dónde estaba la joven mercera y habría prometido hacerla buscar.   
   Pero esta promesa era muy vaga y apenas tranquilizadora para D'Artagnan.   
   Athos no salía de su habitación: había decidido no arriesgar una zancada para equiparse.   
   -Nos quedan quince días -les decía a sus amigos-; pues bien, si al cabo de quince días no he encontrado   nada mejor, si nada ha ve nido a encontrarme, como soy buen católico para romperme la cabeza de un

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