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completamente   ebrio a un hombre que lo estaba a medias, y no obstante, pese a esa ola que hace subir al cerebro el vaho de   dos o tres botellas de borgoña, D'Artagnan, al despertarse al día siguiente, tenía cada palabra de Athos tan   presente en su espíritu como si a medida que habían caído de su boca se hubieran impreso en su espíritu. Toda   aquella duda no hizo sino darle un deseo más vivo de llegar a una certidumbre, y pasó a la habitación de su   amigo con la intención bien meditada de reanudar su conversación de la víspera; pero encontró a Athos con la   cabeza completamente sentada, es decir, el más fino y más impenetrable de los hombres.   
   Por lo demás, el mosquetero, después de haber cambiado con él un apretón de manos, se le adelantó con el   pensamiento.   
   -Estaba muy borracho ayer, mi querido D'Artagnan -dijo-; me he dado cuenta esta mañana por mi lengua,   que estaba todavía muy espesa y por mi pulso, que aún estaba muy agitado; apuesto a que dije mil   extravagancias.   
   Y al decir estas palabras miró a su amigo con una fijeza que lo embarazó.   
   -No -replicó D'Artagnan-, y si no recuerdo mal, no habéis dicho nada muy extraordinario.   
   -¡Ah, me asombráis! Creía haberos contado una historia de las más lamentables.   
   Y miraba al joven como si hubiera querido leer en lo más profundo de su corazón.   
   -A fe mía -dijo D'Artagnan-, parece que yo estaba aún más borracho que vos, puesto que no me acuerdo de   nada.   
   Athos no se fió de esta palabra y prosiguió:   -No habréis dejado de notar, mi querido amigo, que cada cual tiene su clase de borrachera:

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