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recorrido tres o cuatro veces, silencioso y   fruncido el ceño, toda la longitud de su gabinete pasando cada vez entre Porthos y Aramis, rígidos y mudos   como en desfile se detuvo de pronto frente a ellos, y abarcándolos de los pies a la cabeza con una mirada   irritada:   -¿Sabéis lo que me ha dicho el rey -exclamó-, y no más tarde que ayer noche? ¿Lo sabéis, señores?   -No -respondieron tras un instante de silencio los dos mosqueteros-; no, señor, lo ignoramos.   
   -Pero espero que haréis el honor de decírnoslo -añadió Aramis en su tono más cortés y con la más graciosa   reverencia.   
   -Me ha dicho que de ahora en adelante reclutará sus mosqueteros entre los guardias del señor cardenal.   
   -¡Entre los guardias del señor cardenal! ¿Y eso por qué? -preguntó vivamente Porthos.   
   -Porque ha comprendido que su vino peleón necesitaba ser remozado con una mezcla de buen vino.   
   Los dos mosqueteros se ruborizaron hasta el blanco de los ojos. D'Artagnan no sabía dónde estaba y hubiera   querido estar a cien pies bajo tierra.   
   -Sí, sí -continuó el señor de Tréville animándose-, sí, y Su Majestad tenía razón, porque, por mi honor, es   cierto que los mosquete ros juegan un triste papel en la corte. El señor cardenal contaba ayer, durante el juego   del rey, con un aire de condolencia que me desagradó mucho que anteayer esos malditos mosqueteros, esos   juerguistas (y reforzaba estas palabras con un acento irónico que me desagradó más todavía), esos matasietes   (añadió mirándome con su ojo de ocelote), se habían retrasado en la calle Férou, en una taberna, y que una   ronda de sus guardias (creí que iba a reírse en mis narices) se había visto obligada a detener a los perturbadores. ¡Diablos!, debéis saber algo. ¡Arrestar mosqueteros! ¡Erais

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