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   -Sí, sin duda, y nadie reconoce más que yo el valor y la habilidad de Athos; pero yo prefiero sobre mi espada   el choque de las lanzas al de los bastones; temo que Athos haya sido zurrado por el hatajo de lacayos, los criados son gentes que golpean fuerte y que no terminan pronto. Por eso, os lo confieso, quisiera partir lo   antes posible.   
   -Yo trataré de acompañaros -dijo Aramis-, aunque aún no me siento en condiciones de montar a caballo.   Ayer ensayé la disciplina que veis sobre ese muro, y el dolor me impidió continuar ese piadoso ejercicio.   
   -Es que, amigo mío, nunca se ha visto intentar curar un escopetazo a golpes de disciplina; pero estabais   enfermo, y la enfermedad debilita la cabeza, lo que hace que os excuse.   
   -¿Y cuándo partís?   -Mañana, al despuntar el alba; reposad lo mejor que podáis esta noche y mañana, si podéis, partiremos   juntos.   
   -Hasta mañana, pues -dijo Aramis-; porque por muy de hierro que seáis, debéis tener necesidad de reposo.   
   Al día siguiente, cuando D'Artagnan entró en la habitación de Aramis, lo encontró en su ventana.   
   -¿Qué miráis ahí? -preguntó D'Artagnan.   
   -¡A fe mía! Admiro esos tres magníficos caballos que los mozos de cuadra tienen de la brida; es un placer de   príncipe viajar en semejantes monturas.   
   -Pues bien, mi querido Aramis, os daréis ese placer, porque uno de esos caballos es para vos.   
   -¡Huy! ¿Cuál?   -El que queráis de los tres, yo no tengo preferencia.   
   -¿Y el rico caparazón que te cubre es mío también?   -Claro.   
   -¿Queréis reiros, D'Artagnan?   -Yo no río desde que vos habláis francés.   
   -¿Son para mí esas fundas doradas, esa gualdrapa de terciopelo, esa

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