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en su bolsillo y sus pistolas en   su cintura, se levantó, pagó su botella y salió para ver si tenía más suerte en la búsqueda de su lacayo por la mañana que por la noche. En efecto, lo primero que percibió a través de la niebla húmeda y grisácea fue al   honrado Planchet, que con los dos caballos de la mano esperaba a la puerta de una pequeña taberna miserable ante la cual D'Artagnan había pasado sin sospechar siquiera su existencia.   

   CAPÍTULO XXV   PORTHOS   

   En lugar de regresar a su casa directamente, D'Artagnan puso pie en tierra ante la puerta del señor de   Tréville y subió rápidamente la escalera. Aquella vez estaba decidido a contarle todo lo que acababa de pasar.   Sin duda, él daría buenos consejos en todo aquel asunto; además, como el señor de Tréville veía casi a diario a   la reina, quizá podría sacar a Su Majestad alguna información sobre la pobre mujer a quien sin duda se hacía   pagar su adhesión a su señora.   
   El señor de Tréville escuchó el relato del joven con una gravedad que probaba que había algo más en toda   aquella aventura que una intriga de amor; luego, cuando D'Artagnan hubo acabado:   -¡Hum! -dijo-. Todo esto huele a Su Eminencia a una legua.   
   -Pero ¿qué hacer? -dijo D'Artagnan.   
   -Nada, absolutamente nada ahora sólo abandonar Paris como os he dicho, lo antes posible. Yo veré a la   reina, le contaré los detalles de la desaparición de esa pobre mujer, que ella sin duda ignora; estos detalles la   orientarán por su lado, y a vuestro regreso, quizá tenga yo alguna buena nueva que deciros. Dejadlo en mis   manos.   
   D'Artagnan sabía que, aunque gascón el señor de Tréville no te nía la costumbre de prometer, y que cuando   por azar prometía, mantenía, y con creces, lo que habia prometido. Saludó, pues, lleno de agradecimiento por

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