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Saint-Cloud.
Mientras estuvieron en la ciudad, Planchet guardó respetuosamente la distancia que se había impuesto; pero cuando el camino comenzó a volverse más desierto y más oscuro, fue acercándose lentamente; de tal modo que cuando entraron en el bosque de Boulogne, se encontró andando codo a codo con su amo. En efecto, no debemos disimular que la oscilación de los corpulentos árboles y el reflejo de la luna en los sombríos matojos le causaban viva inquietud. D'Artagnan se dio cuenta de que algo extraordinario ocurría en su lacayo.
-¡Y bien, señor Planchet! -le preguntó-. ¿Nos pasa algo? -¿No os parece, señor, que los bosques son como iglesias? -¿Y eso por qué, Planchet? -Porque tanto en éstas como en aquéllos nadie se atreve a hablar en voz alta.
-¿Por qué no te atreves a hablar en voz alta, Planchet? ¿Porque tienes miedo? -Miedo a ser oído, sí, señor.
-¡Miedo a ser oído! Nuestra conversación es sin embargo moral, mi querido Planchet, y nadie encontraría nada qué decir de ella.
-¡Ay, señor! -repuso Planchet volviendo a su idea madre-. Ese señor Bonacieux tiene algo de sinuoso en sus cejas y de desagradable en el juego de sus labios.
-¿Quién diablos te hace pensar en Bonacieux? -Señor, se piensa en lo que se puede y no en lo que se quiere.
-Porque eres un cobarde, Planchet.
-Señor, no confundamos la prudencia con la cobardía; la prudencia es una virtud.
-Y tú eres virtuoso, ¿no es así, Planchet? -Señor, ¿no es aquello el cañón de un mosquete que brilla? ¿Y si bajáramos la cabeza? -En verdad -murmuró D'Artagnan, a quien las recomendaciones del señor de Tréville