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-En efecto, tienes razón, Planchet, todo esto me parece muy sospechoso, y estáte tranquilo, no le pagaremos nuestro alquiler hasta que la cosa no haya sido categóricamente explicada.
-El señor se burla, pero ya verá.
-¿Qué quieres, Planchet? Lo que tenga que ocurrir está escrito.
-¿El señor no renuncia entonces a su paseo de esta noche? -Al contrario, Planchet, cuanto más moleste al señor Bonacleux, tanto más iré a la cita que me ha dado esa carta que tanto lo inquieta.
-Entonces, si la resolución del señor...
-Inquebrantable, amigo mío; por tanto, a las nueves estate preparado aquí, en el palacio; yo vendré a recogerte.
Planchet, viendo que no había ninguna esperanza de hacer renunciar a su amo a su proyecto, lanzó un profundo suspiro y se puso a almohazar al tercer caballo.
En cuanto a D'Artagnan, como en el fondo era un muchacho lleno de prudencia, en lugar de volver a su casa, se fue a cenar con aquel cura gascón que, en los momentos de penuria de los cuatro amigos, les había dado un desayuno de chocolate.
CAPÍTULO XXIV EL PABELLÓN
A las nueve, D'Artagnan estaba en el palacio de los Guardias; encontró aPlanchet armado. El cuarto caballo había llegado.
Planchet estaba armado con su mosquetón y una pistola.
D'Artagnan tenía su espada y pasó dos pistolas a su cintura, luego los dos montaron cada uno en un caballo y se alejaron sin ruido. Hacía noche cerrada, y nadie los vio salir. Planchet se puso a continuación de su amo, y marchó a diez pasos tras él.
D'Artagnan cruzó los muelles, salió por la puerta de la Conférence y siguió luego el camino, más hermoso entonces que hoy, que conduce a