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la carta; era de la señora Bonacieux   y estaba concebida en estos términos:   «Hay vivos agradecimientos que haceros y que transmitiros. Estad esta noche   hacia las diez en Saint-Cloud, frente al pabellón que se alza en la esquina de la casa   del señor D'Estrées.   
   C. B.»   Al leer aquella carta, D'Artagnan sentía su corazón dilatarse y encogerse con ese dulce espasmo que tortura   y acaricia el corazón de los amantes.   
   Era el primer billete que recibía, era la primera cita que se le concedía. Su corazón, henchido por la   embriaguez de la alegría, se sentía presto a desfallecer sobre el umbral de aquel paraíso terrestre que se llamaba el amor.   
   -¡Y bien, señor! -dijo Planchet, que había visto a su amo enrojecer y palidecer sucesivamente-. ¿No es justo   lo que he adivinado y que se trata de algún asunto desagradable?   -Te equivocas, Planchet -respondió D'Artagnan-, y la prueba es que ahí tienes un escudo para que bebas a   mi salud.   
   -Agradezco al señor el escudo que me da, y le prometo seguir exactamente sus instrucciones; pero no es   menos cierto que las cartas que entran así en las casas cerradas...   
   -Caen del cielo, amigo mío, caen del cielo.   
   -Entonces, ¿el señor está contento? -preguntó Planchet.   
   -¡Mi querido Planchet, soy el más feliz de los hombres!   -¿Puedo aprovechar la felicidad del señor para irme a acostar?   -Sí, vete.   
   -Que todas las bendiciones del cielo caigan sobre el señor, pero no es menos cierto que esa carta...   
   Y Planchet se retiró moviendo la cabeza con aire de duda que no había conseguido borrar enteramente la   liberalidad de D'Artagnan.   
   Al quedarse solo, D'Artagnan leyó y releyó su billete, luego besó y

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