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humildemente excusarme, pero un asunto de la más alta importancia   me llama a Londres. Venid, señor, venid.   
   Y los dos juntos volvieron a tomar al galope el camino de la capital.   

   CAPÍTULO XXI   LA CONDESA DE WINTER   

   Durante el camino, el duque se hizo poner al corriente por D'Artagnan no de cuanto había pasado, sino de lo   que D'Artagnan sabía. Al unir lo que había oído salir de la boca del joven a sus recuerdos propios, pudo, pues,   hacerse una idea bastante exacta de una situación, de cuya gravedad, por lo demás, la carta de la reina, por   corta y poco explícita que fuese, le daba la medida. Pero lo que le extrañaba sobre todo es que el cardenal, interesado como estaba en que aquel joven no pusiera el pie en Inglaterra, no hubiera logrado detenerlo en   ruta.   
   Fue entonces, y ante la manifestación de esta sorpresa, cuando D'Artagnan le contó las precauciones   tomadas, y cómo gracias a la abnegación de sus tres amigos, que había diseminado todo ensangrentados en el   camino, había llegado a librarse, salvo la estocada que había atravesado el billete de la reina y que había   devuelto al señor de Wardes en tan terrible moneda. Al escuchar este relato hecho con la mayor simplicidad, el   duque miraba de vez en cuando al joven con aire asombrado, como si no hubiera podido comprender que tanta   prudencia, coraje y abnegación hubieran venido a un rostro que no indicaba tod¿ via los veinte años.   
   Los caballos iban como el viento y en algunos minutos estuvieron a las puertas de Londres. D'Artagnan había   creído que al llegar a la ciudad el duque aminoraría la marcha del suyo, pero no fue así: continuó su camino a   todo correr, inquietándose poco de si derribaba a quienes se hallaban en su camino. En efecto, al atravesar la   ciudad, ocurrieron dos o tres accidentes de este género; pero Buckingham no volvió siquiera la cabeza

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