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aislados, mientras que cuatro hombres juntos son una tropa. Armaremos a los cuatro lacayos de pistolas y mosquetones; si se envía un ejército contra nosotros, libraremos batalla, y el superviviente, como ha dicho D'Artagnan, llevará la carta.
-Bien dicho -exclamó Aramis-; no hablas con frecuencia, Athos, pero cuando hablas es como San Juan Boca de Oro. Adopto el plan de Athos. ¿Y tú, Porthos? -Yo también -dijo Porthos-, si conviene a D'Artagnan. D'Artagnan, portador de la carta, es naturalmente el jefe de la empresa; que él decida y nosotros obedeceremos.
-Pues bien -dijo D'Artagnan-, decido que adoptemos el plan de Athos y que partamos dentro de media hora.
-¡Adoptado! -contestaron a coro los tres mosqueteros.
Y cada cual alargando la mano hacia la bolsa, cogió setenta y cinco pistolas a hizo sus preparativos para partir a la hora convenida.
CAPÍTULO XX EL VIAJE
A las dos de la mañana, nuestros cuatro aventureros salieron de Paris por la puerta de Saint-Denis; mientras fue de noche, permanecieron mudos; a su pesar, sufrían la influencia de la oscuridad y veían acechanzas por todas partes.
A los primeros rayos del día, sus lenguas se soltaron; con el sol, la alegría volvió: era como en la víspera de un combate, el corazón palpitaba, los ojos reían; se sentía que la vida que quizá se iba a abandonar era, a fin de cuentas, algo bueno.
El aspecto de la caravana, por lo demás, era de lo más formidable: los caballos negros de los mosqueteros, su aspecto marcial, esa costumbre de escuadrón que hace marchar regularmente a esos nobles compañeros del soldado hubieran traicionado el incógnito más estricto.
Los seguían los criados, armados hasta los dientes.