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   D'Artagnan se dirigió directamente a casa del señor de Tréville. Ha bía pensado que, en pocos minutos, el   cardenal sería advertido por aquel maldito desconocido que parecía ser su agente, y pensaba con razón que no había un instante que perder.   
   El corazón del joven desbordaba de alegría. Ante él se presentaba una ocasión en la que había a la vez gloria   que adquirir y dinero que ganar, y como primer aliento acababa de acercarle a una mujer a la que adoraba. Este azar, de golpe, hacía por él más que lo que hubiera osado pedir a la Providencia.   
   El señor de Tréville estaba en su salón con su corte habitual de gentileshombres. D'Artagnan, a quien se   conocía como familiar de la casa, fue derecho a su gabinete y le avisó de que le esperaba para una cosa importante.   
   D'Artagnan estaba allí hacía apenas cinco minutos cuando el señor de Tréville entró. A la primera ojeada y   ante la alegría que se pintó sobre su rostro, el digno capitán comprendió que efectivamente pasaba algo nuevo.   
   Durante todo el camino, D'Artagnan se había preguntado si se confiaría al señor de Tréville o si solamente le   pediría concederle carta blanca para un asunto secreto. Pero el señor de Tréville había sido siempre tan perfecto para él, era tan adicto al rey y a la reina, odiaba tan cordialmente al cardenal, que el joven resolvió   decirle todo.   
   -¿Me habéis hecho llamar, mi joven amigo? -dijo el señor de Tréville.   
   -Sí, señor -dijo D'Artagnan-, y espero que me perdonéis por haberos molestado cuando sepáis el importante   asunto de que se trata.   
   -Decid entonces, os escucho.   
   -No se trata de nada menos -dijo D'Artagnan bajando la voz que del honor y quizá de la vida de la reina.   

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