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su marido.
-¡Silencio! -repitió D'Artagnan apretándole la mano más fuertemente aún.
Un aullido terrible interrumpió entonces las reflexiones de D'Artagnan y de la señora Bonacieux. Era su marido, que se había percatado de la desaparición de su bolsa y que maldecía al ladrón.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó la señora Bonacieux-. Va a alborotar a todo el barrio.
Bonacieux chilló mucho tiempo; pero como semejantes gritos, dada su frecuencia, no atraían a nadie en la calle des Fossoyeurs y, como por otra parte la casa del mercero tenía desde hacía algún tiempo mala fama al ver que nadie acudía salió gritando, y se oyó su voz que se alejaba en dirección de la calle du Bac.
-Y ahora que se ha marchado, os tots alejaros a vos -dijo la señora Bonacieux-. Valor, pero sobre todo prudencia, y pensad que os debéis a la reina.
-¡A ella y a vos! -exclamó D'Artagnan-. Estad tranquila, bella Constance volveré digno de su reconocimiento; pero ¿volveré tan digno de vuestro amor? La joven no respondió más que con el vivo rubor que coloreó sus mejillas. Algunos instantes después, D'Artagnan salía a su vez, envuelto, él también, en una gran capa que alzaba caballerosamente la vaina de una larga espada.
La señora Bonacieux le siguió con los ojos, con esa larga mirada de amor con que la mujer acompaña al hombre del que se siente amar; pero cuando hubo desaparecido por la esquina de la calle, cayó de rodillas y, uniendo las manos, exclamó: -¡Oh, Dios mío! ¡Proteged a la reina, protegedme a mï!
CAPÍTULO XIX PLAN DE CAMPAÑA