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   -Confieso que eso me tranquilizarla mucho.   
   -¿Conocéis a Athos?   -No.   
   -¿A Porthos?   -No.   
   -¿A Aramis?   -No. ¿Quiénes son esos señores?   -Mosqueteros del rey. ¿Conocéis al señor de Tréville, su capitán?   -¡Oh, sí, a ese lo conozco. ¡No personalmente, sino por haber oído hablar de él más de una vez a la reina   como de un valiente y leal gentilhombre.   
   -¿No teméis que él os traicione por el cardenal, no es así?   -¡Oh, no, seguro que no!   -Pues bien, reveladle vuestro secreto y preguntadle si por importante, por precioso, por terrible que sea   podéis confiármelo.   
   -Pero ese secreto no me pertenece y no puedo revelarlo de ese modo.   
   -Ibais a confiar de buena gana en el señor Bonacieux -dijo D'Artagnan con despecho.   
   -Como se confía una carta al hueco de un árbol, al ala de un pichón, al collar de un perro.   
   -Sin embargo yo, como veis, os amo.   
   -Vos lo decís.   
   -¡Soy un hombre galante!   -Lo creo.   
   -¡Soy valiente!   -¡Oh, de eso estoy segura!   -Entonces, ponedme a prueba.   
   La señora Bonacieux miró al joven, contenida por una última duda. Pero había tal ardor en sus ojos, tal   persuasión en su voz, que se sintió arrastrada a fiarse de él. Además, se hallaba en una de esas circunstancias   en que hay que arriesgar el todo por el todo. La reina estaba tan perdida por una exagerada discreción como   por una excesiva confianza. Además, confesémoslo, el sentimiento involuntario que experimentaba por aquel   joven proector la decidió a hablar.   
   -Escuchad -le dijo-. Me rindo a vuestras protestas y cedo ante vuestras

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