Capítulo disponible en: Inglés
Francés
Italiano
Portugués
Rumano
Siguiente
ahora es mucho peor: os odio, y ¡palabra que me la pagaréis! En el momento en que decía estas palabras, un golpe en el techo la hizo alzar la cabeza, y una voz, que vino a ella a través del piso, gritó: -Querida señora Bonacieux, abridme la puerta pequeña de la ave nida y bajo junto a vos.
CAPÍTULO XVLLL EL AMANTE Y EL MARIDO
-¡Ay, señora! -dijo D'Artagnan entrando por la puerta que le abría la joven-. Permitidme decíroslo, tenéis un triste marido.
-¡Entonces habéis oído nuestra conversación! -preguntó vivamente la señora Bonacieux, mirando a D'Artagnan con inquietud.
-Toda entera.
-Dios mío, ¿cómo? -Mediante un procedimiento conocido por mí, gracias al cual oí también la conversación más animada que tuvisteis con los esbirros del cardenal.
-¿Y qué habéis comprendido de lo que decíamos? -Mil cosas: en primer lugar, que vuestro marido es un necio y un imbécil, afortunadamente; luego, que estáis en un apuro, cosa que me ha encantado y que me da ocasión de ponerme a vuestro servicio, y Dios sabe si estoy dispuesto a arrojarme al fuego por vos; finalmente que la reina necesita que un hombre valiente, inteligente y adicto haga por ella un viaje a Londres. Yo tengo al menos dos de las tres cualidades que necesitáis, y heme aquí.
La señora Bonacieux no respondió, pero su corazón batía de alegría y una secreta esperanza brilló en sus ojos.
-¿Y qué garantía me daréis -preguntó- si consiento en confiaros esta misión? -Mi amor por vos. Veamos, decid, ordenad: ¿qué hay que hacer? -¡Dios mío, Dios mío! -murmuró la joven-. Debo confiaros un secreto semejante, señor. ¡Sois casi un niño! -Bueno, veo que os falta alguien que os responda por mí.