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   -Señora -dijo con majestad-, habrá dentro de poco un baile en el Ayuntamiento; espero que para honrar a   nuestros valientes regidores aparezcáis en traje de ceremonia y sobre todo adornada con los herretes de   diamantes que os he dado por vuestro cumpleaños. Esa es mi respuesta.   
   La respuesta era terrible. Ana de Austria creyó que Luis XIII lo sabía todo, y que el cardenal había   conseguido de él ese largo disimulo de siete a ocho días, que cuadraba por lo demas con su carácter. Se puso excesivamente pálida, apoyó sobre una consola su mano de admirable belleza y que parecía en ese momento   una mano de cera y, mirando al rey con los ojos espantados, no respondió ni una sola sílaba.   
   -¿Habéis oído, señora? -dijo el rey, que gozaba con aquel embarazo en toda su extensión, pero sin adivinar la   causa-. ¿Habéis oído?   -Sí, sire, he oído -balbuceó la reina.   
   -¿Iréis a ese baile?   -Sí.   
   -Con vuestros herretes?   La palidez de la reina aumentó aún más, si es que era posible; el rey se percató de ello, y lo disfrutó con esa   fría crueldad que era una de las partes malas de su carácter.   
   -Entonces, convenido -dijo el rey-. Eso era todo lo que tenía que deciros.   
   -Pero ¿qué día tendrá lugar el baile? -preguntó Ana de Austria. Luis XIII sintió instintivamente que no debía   responder a aquella pregunta, pues la reina la había hecho con una voz casi moribunda.   
   -Muy pronto, señora -dijo-; pero no me acuerdo con precisión de la fecha del día, se la preguntaré al   cardenal.   
   -¿Ha sido el cardenal quien os ha anunciado esa fiesta? -exclamó la reina.   
   -Sí, señora -respondió el rey asombrado-. Pero ¿por qué?   -¿Ha sido él quien os ha dicho que me invitéis a aparecer con los herretes?   -Es decir,

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