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herretes de diamantes.   

   CAPÍTULO XVII   EL MATRIMONIO BONACIEUX   

   Era la segunda vez que el cardenal insistía en ese punto de los herretes de diamantes con el rey. Luis XIII   quedó sorprendido, pues, por aquella insistencia, y pensó que tal recomendación ocultaba algún misterio.   
   Más de una vez el rey había sido humillado porque el cardenal -cuya policía, sin haber alcanzado la   perfección de la policía moderna, era excelente-estuviese mejor informado que él mismo de lo que pasaba en   su propio matrimonio. Esperó, pues, sacar, de un encuentro con Ana de Austria, alguna luz de aquella   conversación y volver luego junto a Su Eminencia con algún secreto que el cardenal supiese o no supiese, lo cual, tanto en un caso como en otro, le realzaba infinitamente a los ojos de su ministro.   
   Fue, pues, en busca de la reina y, según su costumbre, la abordó con nuevas amenazas contra quienes la   rodeaban. Ana de Austria bajó la cabeza y dejó pasar el torrente sin responder, esperando que terminaría por detenerse; pero no era eso lo que quería Luis XIII; Luis XIII quería una discusión de la que saliese alguna luz   nueva, convencido como estaba de que el cardenal tenía alguna segunda intención y maquinaba una sorpresa terrible como sabía hacer Su Eminencia. Y llegó a esa meta con su persistencia en acusar.   
   -Pero -exclamó Ana de Austria, cansada de aquellos vagos ataques-, pero sire, no me decís todo lo que   tenéis en el corazón. ¿Qué he hecho yo? Veamos, ¿qué nuevo crimen he cometido? Es posible que Vuestra   Majestad haga todo este escándalo por una carta escrita a mi hermano.   
   El rey, atacado a su vez de una manera tan directa, no supo qué responder; pensó que aquel era el   momento de colocar la recomendación que no debía hacer más que la víspera de la fiesta.   

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