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esperanza en el porvenir, se acostó y se durmió con el sueño del valiente.   
   Aquel sueño, todavía totalmente provinciano, le llevó hasta las nueve de la mañana, hora en que se levantó   para dirigirse al palacio de aquel famoso señor de Tréville, el tercer personaje del reino según la estimación   paterna.   

   CAPÍTULO LL   LA ANTECÁMARA DEL SEÑOR DE TRÉVILLE   

   El señor de Troisville, como todavía se llamaba su familia en Gascuña, o el señor de Tréville, como había   terminado por llamarse él mismo en Paris, había empezado en realidad como D'Artagnan, es decir, sin un cuarto, pero con ese caudal de audacia, de ingenio y de entendimiemto que hace que el más pobre hidalgucho   gascón reciba con frecuencia de sus esperanzas de la herencia paterna más de lo que el más rico gentilhombre de Périgord o de Berry recibe en realidad. Su bravura insolente, su suerte más insolente todavía en un tiempo   en que los golpes llovían como chuzos, le habían izado a la cima de esa difícil escala que se llama el favor de la   corte, y cuyos escalones había escalado de cuatro en cuatro.   
   Era el amigo del rey, que honraba mucho, como todos saben, la memoria de su padre Enrique   IV. El padre del señor de Tréville le había servido tan fielmente en sus guerras contra la Liga que, a falta de   dinero contante y sonante -cosa que toda la vida le faltó al bearnés, el cual pagó siempre sus deudas con la   única cosa que nunca necesitó pedir prestada, es decir, con el ingenio-, que a falta de dinero contante y   sonante, decimos, le había autorizado, tras la rendición de Paris, a tomar por armas un león de oro pasante   sobre gules con esta divisa: Fidelis et fortis. Era mucho para el honor, pero mediano para el bienestar. Por eso,   cuando el ilustre compañero del gran Enrique murió, dejó por única herencia al señor su hijo, su espada y su   divisa. Gracias a este doble don y al nombre sin

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