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Vuestra Majestad me da que pensar: la señora de Lannoy, a quien por orden de Vuestra Majestad he   interrogado varias veces, me ha dicho esta mañana que la noche pasada Su Majestad había estado en vela   hasta muy tarde, que esta mañana había llorado mucho y que durante todo el día había estado escribiendo.   
   -A él indudablemente -dijo el rey-. Cardenal, necesito los papeles de la reina. -Pero ¿cómo cogerlos,   sire? Me parece que no es Vuestra Majestad ni yo quienes podemos encargarnos de una misión   semejante.   
   -¿Cómo se cogieron cuando la mariscala D'Ancre? -exclamó el rey en el más alto grado de cólera-. Se   registraron sus armarios y por último se la registró a ella misma.   
   -La mariscala D'Ancre no era más que la mariscala D'Ancre, una aventurera florentina, sire, eso es todo,   mientras que la augusta esposa de Vuestra Majestad es Ana de Austria, reina de Francia, es decir, una de las   mayores princesas del mundo.   
   -Por eso es más culpable, señor duque. Cuanto más ha olvidado la alta posición en que estaba situada, tanto   más bajo ha descendido. Además, hace tiempo que estoy decidido a terminar con todas sus pequeñas intrigas de política y de amor. A su lado tiene también a un tal La Porte...   
   -A quien yo creo la clave de todo esto, lo confieso -dijo el cardenal.   
   -Entonces, ¿vos pensáis, como yo, que ella me engaña? -dijo el rey.   
   -Yo creo, y lo repito a Vuestra Majestad, que la reina conspira contra el poder de su rey, pero nunca he dicho   contra su honor.   
   -Y yo os digo que contra los dos; yo os digo que la reina no me ama; yo os digo que ama a otro; ¡os digo   que ama a ese infame duque de Buckingham! ¿Por qué no lo habéis hecho arrestar mientras estaba en París?   -¡Arrestar al duque! ¡Arrestar al primer ministro del rey Carlos I! Pensad en ello, sire. ¡Qué escándalo! Y si las   sospechas de Vuestra

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