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de su mujer.   
   El conde de Rochefort se inclinó como hombre que reconocía la gran superioridad del maestro, y se retiró.   
   Una vez que se quedó solo, el cardenal se sentó de nuevo, escribió una carta que selló con su sello   particular, luego llamó. El oficial entró por cuarta vez.   
   -Hacedme venir a Vitray -dijo- y decidle que se apreste para un viaje.   
   Un instante después, el hombre que había pedido estaba de pie ante él, calzado con botas y espuelas.   
   -Vitray -dijo-, vais a partir inmediatamente para Londres. No os detendréis un instante en el camino.   Entregaréis esta carta a milady. Aquí tenéis un vale de doscientas pistolas, pasad por casa de mi tesorero y   haceos pagar. Hay otro tanto a recoger si estáis aquí de regreso dentro de seis días y si habéis hecho bien mi   comisión.   
   El mensajero, sin responder una sola palabra se inclinó, cogió la carta, el vale de doscientas pistolas y salió.   
   He aquí lo que contenía la carta:   «Milady,   Asistid al primer baile a que asista el duque de Buckingham. Tendrá en su jubón doce herretes de diamantes,   acercaos a él y quitadle dos.   
   Tan pronto como esos herretes estén en vuestro poder, avisadme.»   

   CAPÍTULO XV   GENTES DE TOGA Y GENTES DE ESPADA   

   Al día siguiente de aquel en que estos acontecimientos tuvieron lugar, no habiendo reaparecido Athos   todavía, el señor de Tréville fue avisado por D'Artagnan y por Porthos de su desaparición.   
   En cuanto a Aramis, había solicitado un permiso de cinco días y estaba en Rouen, según decían, por asuntos   de familia.   
   El señor de Tréville era el padre de sus soldados. El menor y más desconocido de ellos, desde el momento en   que llevaba el uniforme de la

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