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punto de llegar al lugar de la ejecución. En efecto, el coche cruzó la plaza   fatal sin detenerse. Ya sólo quedaba que temer la Croix-du-Trahoir: precisamente el coche tomó el camino de   ella.   
   Esta vez no había duda, era la Croix-du-Trahoir, donde se ejecutaba a los criminales subalternos. Bonacieux   se había jactado creyéndose digno de Saint-Paul o de la plaza de Grève: ¡era en la Croix-duTrahoir donde iban   a terminar su viaje y su destino! No podía ver todavía aquella maldita cruz, pero la sentía en cierto modo venir   a su encuentro. Cuando no estuvo más que a una veintena de pasos, oyó un rumor y el coche se detuvo. Era   más de lo que podía soportar el pobre Bonacieux, ya derrumbado por las sucesivas emociones que había ex- perimentado; lanzó un débil gemido, que hubiera podido tomarse por el último suspiro de un moribundo, y se   desvaneció.   

   CAPÍTULO XIV   EL HOMBRE DE MEUNG   

   Aquella reunión era producida no por la espera de un hombre al que debían colgar, sino por la contemplación   de un ahorcado.   
   El coche, detenido un instante, prosiguió, pues, su marcha, atravesó la multitud, continuó su camino, enfiló la   calle Saint-Honoré, volvió la calle des Bons-Enfants y se detuvo ante una puerta baja.   
   La puerta se abrió, dos guardias recibieron en sus brazos a Bonacieux, sostenido por el exento; lo metieron   por una avenida, lo hicieron subir una escalera y lo depositaron en una antecámara.   
   Todos estos movimientos eran realizados por él de una forma maquinal.   
   Había andado como se anda en sueños; había entrevisto los objetos a través de una niebla; sus oídos habían   percibido los sonidos sin comprenderlos; hubieran podido ejecutarlo en aquel momento sin que él hubiera   hecho un gesto para emprender su defensa, sin que hubiera lanzado un grito para implorar piedad.   

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