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llevando en la mano un pequeño cofre   de palo de rosa con sus iniciales, incrustado de oro.   
   -Tomad, milord duque -dijo-, guardad esto en recuerdo mío.   
   Buckingham tomó el cofre y cayó por segunda vez de rodillas.   
   -Me habíais prometido iros -dijo la reina.   
   -Y mantengo mi palabra. Vuestra mano, vuestra mano, señora, y me voy.   
   Ana de Austria tendió su mano cerrando los ojos y apoyándose con la otra en Estefanía, porque sentía que   las fuerzas iban a faltarle.   
   Buckingham apoyó con pasión sus labios sobre aquella bella mano; luego, al alzarse, dijo:   -Si antes de seis meses no estoy muerto, os habré visto, señora, aunque tenga que desquiciar el mundo para   ello.   
   Y, fiel a la promesa hecha, se lanzó fuera de la habitación.   
   En el corredor encontró a la señora Bonacieux que lo esperaba y que, con las mismas precauciones y la   misma fortuna, volvió a conducirlo fuera del Louvre.   

   CAPÍTULO XIII   EL SEÑOR BONACIEUX   

   Como se ha podido observar, en todo esto había un personaje que, pese a su posición, no había parecido   inquietarse más que a medias; este personaje era el señor Bonacieux, respetable mártir de las intrigas políticas   y amorosas que tan bien se encadenaban unas a otras, en aquella época a la vez tan caballeresca y tan   galante.   
   Afortunadamente -lo recuerde el lector o no lo recuerde-, afortunadamente hemos prometido no perderlo de   vista.   
   Los esbirros que lo habían detenido lo condujeron directamente a la Bastilla, donde, todo tembloroso, se le   hizo pasar por delante de un pelotón de soldados que cargaban sus mosquetes.   
   Allí, introducido en una galería semisubtenánea, fue objeto, por parte de quienes lo habían llevado, de las   más groseras injurias y del más

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