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ni de que éstas les dejaran casi siempre preciosos y duraderos   recuerdos, como si ellas hubieran tratado de conquistar la fragilidad de sus sentimientos con la solidez de sus   dones.   
   Se hacía entonces carrera por medio de las mujeres, sin ruborizarse. Las que no eran más que bellas, daban   su belleza, y de ahí viene sin duda el proverbio según el cual la joven más bella del mundo no puede dar más   que lo que tiene. Las que eran ricas daban además una parte de su dinero, y se podría citar un buen número   de héroes de esa galante época que no hubieran ganado ni sus espuelas primero, ni sus batallas luego, sin la bolsa más o menos provista que su amante ataba al arzón de su silla.   
   D'Artagnan no poseía nada: la indecisión del provinciano, barniz ligero, flor efímera, vello de melocotón, se   había evaporado al viento de los consejos poco ortodoxos que los tres mosqueteros daban a su amigo. D'Artagnan, siguiendo la extraña costumbre de la época, miraba a Paris como en campaña, y esto ni más ni   menos que en Flandes: el español allá lejos, la mujer aquí. Por todas partes había un enemigo que combatir contribuciones que alcanzar.   
   Pero, digámoslo, por ahora D'Artagnan estaba movido por un sentimiento más noble y más desinteresado. El   mercero le había dicho que era rico: el joven había podido adivinar que, con un necio como lo era el señor Bonacieux, debía ser la mujer quien tenía la llave de la bolsa. Pero todo esto no había influido para nada en el   sentimiento producido por la visita de la señora Bonacieux, y el interés había permanecido casi extraño a este   comienzo de amor que había sido la continuación. Decimos casi, porque la idea de que una mujer joven, bella,   graciosa, espiritual, es rica al mismo tiempo, nada quita a ese comienzo de amor, todo lo contrario, lo   corrobora.   
   Hay en la holgura una multitud de cuidados y de caprichos aristocráticos

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