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   Al sonar las diez, D'Artagnan abandonó al señor de Tréville, que le agradeció sus informes, le recomendó   tener siempre en el corazón el servicio del rey y de la reina, y se volvió al salón. Pero al pie de la escalera,   D'Artagnan se acordó de que había olvidado su bastón; por lo tanto subió precipitadamente, volvió a entrar en   el gabinete, con una vuelta de dedo puso de nuevo el péndulo en su hora para que no se pudiese percibir al día   siguiente que había sido movido, y seguro desde entonces de que tenía un testigo para probar su coartada,   bajó la escalera y pronto se encontró en la calle.   

   CAPÍTULO XI   LA INTRIGA SE ANUDA   

   Una vez hecha la visita al señor de Tréville, D'Artagnan tomó, todo pensativo, el camino más largo para   regresar a su casa.   
   ¿En qué pensaba D'Artagnan, que se apartaba así de su ruta, mirando las estrellas del cielo, tan pronto   suspirando como sonriendo?   Pensaba en la señora Bonacieux. Para un aprendiz de mosquete ro, la joven era casi una idealidad amorosa.   Bonita, misteriosa, iniciada en casi todos los secretos de la corte, que reflejaban tanta encantadora gravedad   sobre sus trazos graciosos, era sospechosa de no ser insensible, lo cual es un atractivo irresistible para los   amantes novicios; además, D'Artagnan la había liberado de manos de aquellos demonios que querían   registrarla y maltratarla, y este importante servicio había establecido entre ella y él uno de esos sentimientos   de gratitud que fácilmente adoptan un carácter más tierno.   
   D'Artagnan se veía ya, ¡tan deprisa caminan los sueños en alas de la imaginación!, abordado por un   mensajero de la joven que le daba algún billete de cita, una cadena de oro o un diamante. Ya hemos dicho que   los jóvenes caballeros recibían sin vergüenza de su rey: añadamos que, en aquel tiempo de moral fácil, no   tenían tampoco vergüenza con sus amantes,

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