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que aquella casa, cuyos   vanos por otra parte estaban cerrados, estaba desde hace seis meses completamente deshabitada.   
   Mientras D'Artagnan corría por calles y llamaba a las puertas, Aramis se había reunido con sus dos   compañeros, de suerte que, al volver a su casa, D'Artagnan encontró la reunión al completo.   
   -¿Y bien? -dijeron a una los tres mosqueteros al ver entrar a D'Artagnan con el sudor en la frente y el rostro   alterado por la cólera   -¡Y bien! -exclamó éste arrojando la espada sobre la cama-. Ese hombre tiene que ser el diablo en persona;   ha desaparecido como un fantasma, como una sombra, como un espectro.   
   -¿Creéis en las apariciones? -le preguntó Athos a Porthos.   
   -Yo no creo más que en lo que he visto, y como nunca he visto apariciones, no creo en ellas.   
   -La Biblia -dijo Aramis-hace ley el creer en ellas; la sombra de Samuel se apareció a Saúl y es un artículo de   fe que me molestaría ver puesto en duda, Porthos.   
   -En cualquier caso, hombre o diablo, cuerpo o sombra, ilusión o realidad, ese hombre ha nacido para mi   condenación, porque su fuga nos hace fallar un asunto soberbio, señores, un asunto en el que había cien pistolas y quizá más para ganar.   
   -¿Cómo? -dijeron a la vez Porthos y Aramis.   
   En cuanto a Athos, fiel a su sistema de mutismo, se contentó con interrogar a D'Artagnan con la mirada.   
   -Planchet -dijo D'Artagnan a su criado, que pasaba en aquel momento la cabeza por la puerta entreabierta   para tratar de sorprender algunas migajas de la conversación-, bajad a casa de mi casero, el señor Bonacieux,   y decidle que nos envíe media docena de botellas de vino de Beaugency: es el que prefiero.   

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