Inicio   [800x750]    Acerca de


la pelea. Un gentilhombre, según él   -y, por la descripción que D'Artagnan había hecho del desconocido, no podía ser más que un gentilhombre-, un gentilhombre debía ser incapaz de aquella bajeza, de robar una carta.   
   Porthos no había visto en todo aquello más que una cita amorosa dada por una dama a un caballero o por un   caballero a una dama, y que había venido a turbar la presencia de D'Artagnan y de su caballo amarillo.   
   Aramis había dicho que esta clase de cosas, por ser misteriosas, más valía no profundizarlas.   
   Comprendieron, pues por algunas palabras escapadas a D'Artagnan, de qué asunto se trataba, y como   pensaron que después de haber cogido a su hombre o haberlo perdido de vista, D'Artagnan terminaría por   volver a subir a su casa, prosiguieron su camino.   
   Cuando entraron en la habitación de D'Artagnan, la habitación estaba vacía: el casero, temiendo las secuelas   del encuentro que sin duda iba a tener lugar entre el joven y el desconocido, había juzgado, debido a la exposición que él mismo había hecho de su carácter, que era prudente poner pies en polvorosa.   

   CAPÍTULO IX   D'ARTAGNAN SE PERFILA   

   Como habían previsto Athos y Porthos, al cabo de una media hora D'Artagnan regresó. También esta vez   había perdido a su hombre, que había desaparecido como por encanto. D'Artagnan había corrido, espada en   mano, por todas las calles de alrededor, pero no había encontrado nada que se pareciese a aquel a quien   buscaba; luego, por fin, había vuelto a aquello por lo que habría debido empezar quizá, y que era llamar a la   puerta contra la que el desconocido se había apoyado; pero fue inútil que hubiera hecho sonar diez o doce   veces seguidas la aldaba, nadie había respondido, y los vecinos que, atraídos por el ruido, habían acudido al   umbral de su puerta o habían puesto las narices en sus ventanas, le habían asegurado

Capítulo disponible en: Inglés Francés Italiano Portugués Rumano Siguiente